8 jun. 2012

INFANCIA




La casa de mi infancia no tenía espejos,
a la vera del camino barroso,
se sostenía en sus años;
tampoco tenía vidrios,
nada que reflejara el sol.
Nuestra casa, era una casa pobre y pequeña;
de vez en cuando, los temporales de mi infancia
y el  viento del norte,
remecía nuestra débil choza
y provocaba un gran temor,
el viento quería descuajar los cimientos invisibles
y las húmedas y delgadas paredes vibraban fuertemente....

Generalmente,
las aguas torrenciales y los oscuros temporales
venían desde el norte, siempre a media tarde;
oscurecían el cielo, silbaba la hierba y alteraba el establo.
Mi casa entonces, no tenía espejos ni cristales,
nada que reflejara el sol, ni alhajas ni relojes,
nuestra casa,
en la infancia,
era de paredes oscuras,
el color de la tierra húmeda y de la tierra fértil...

Nuestra casa era gris y no había en ella colores,
la lluvia, los nubarrones, el silbido del viento
el oscuro cielo y la inmensidad del espacio
se confundía con la tristeza en sus paredes.
A veces, en las tardes del invierno
los goterones bajo el pasillo, avivaban nuestros ojos,
más allá de la lluvia, siempre estaba el verde,
aquel verde espeso de la infancia nunca más existió,
el verde profundo del potrero desapareció,
como todo...

Nunca, ninguno de nosotros ha encontrado el intenso verde,
que formaba parte del secreto de nuestra infancia,
 era el único color que recuerdo y que retienen mis pupilas.
También existía el blanco,
era el color de las flores:
aparecían en primavera junto a los canales.
¡ una hermosa flor !
¡ Tan simple como la vida !
y tan perfecta también como la existencia,
eran flores blancas de estambres amarillos
resistiendo todas las heladas y todas las escarchas.

Mi casa sin vidrios, sin cristales, tenía un canal,
y sobre ese canal, un puente húmedo y viejo.
El puente tenía también el color de la tierra húmeda.
fue tal vez, sólo un viejo y añoso tablón
con su barandilla pequeña y frágil suspendida sobre el agua.
En mi casa existía el puente sobre el canal
y a lo largo del canal aparecían las flores blancas,
su tallo verde y macizo:
¡Tan difícil siempre de talar!
Nuestra infancia es el cielo gris, la casa gris, el puente gris
y un inmenso campo profundamente verde que hoy no existe.

Mi casa de la infancia no tenía espejos,
no tenía cristales y no tenía reflejos del sol.
Nosotros, un día descubrimos nuestra faz en el agua,
allí , al menos , yo conocí mi rostro y mi sonrisa.
nosotros éramos hijos del campo,
hijos de la tierra,
nuestra piel era morena y nuestros ojos pequeños.
La gente morena de ojos pequeños nunca necesitó espejos.
La casa de mi infancia tenía frente a si, el campo:
una enorme alfombra verde que nos dejó la pubertad
y que nunca más encontraremos,
que ya nunca  existirá .

En torno a las brasas del invierno
contemplábamos el fuego,
mi padre siempre tenía una historia
y mi madre, siempre tenía un quehacer escondido.
Nuestra tertulia terminaba en cenizas blancas
y nuestros sueños tenían perfume de ciruelos y yuyos,
nuestros amaneceres eran miles de pajarillos y mariposas
y nuestros juegos tempraneros, tenían que ver con caracoles,
con el ruido de escarchas y con el viento frío
revoloteando en nuestros cabellos negros. 


Padre, los hijos de tus hijos están llenos de brillos y reflejos,
existen cientos de colores, miles de sonidos, miles de pantallas,
por eso, jamás descubrirán las mariposas multicolores,
nunca se encontrarán con los insectos del campo
no descubrirán el gorjeo del ave mañanera,
nunca verán las millones de estrellas en el cielo
no entenderán el lenguaje de los charcos
y no podrán penetrar en la sombra del establo.

Los hijos de tus hijos, en esta generación
no encontrarán las amapolas,
no mirarán sus rostros en los charcos de la lluvia,
no llegará hacia ellos la fuerza impetuosa del viento,
no se tumbarán deliciosamente sobre el trébol
y con seguridad no tendrán nuestros recuerdos :
un camino de tierra, un canal y un puente
y la pobre casa del infancia, aquella choza pequeña


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